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La Mexicanización de Norteamérica

José Leal

 

“… pero al que no tenga nada, se le quitará aun lo poquito que tenga.”

Marcos 4;24.

Cuando en 1994 se inauguró el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, México parecía estar cumpliendo un destino manifiesto. El hijo pródigo de la gran hegemonía estadounidense que -por fin- habría madurado política, social y económicamente lo suficiente para formar parte del sistema interestatal de comercio más grande del mundo. El TLC representaba entonces la plena inserción de Mexico en la geocultura del capitalismo globalizado; los motores del desarrollo social serían: apertura comercial, desregulación y privatización de grandes sectores de la economía. El combate focalizado a la pobreza y la intensificación de los programas sociales garantizarían la inclusión de los sectores más rezagados de la población: el plan parecía infalible.

Hoy, a poco más de quince años, algo parece estar saliendo mal: desarrollo asimétrico con enormes zonas de exclusión social; crecimiento descontrolado de pobreza,  informalidad y precariedad laboral. En este breve período, Mexico se ha convertido en fuente ingobernable de pobreza extrema y violencia social. La utopía neoliberal que preconizaba un sitio de privilegio para ciudades como Tijuana, Juarez o Monterrey en la cosmópolis de la Posmodernidad, abre paso a una pesadilla medieval materializada en miseria, anarquía delincuencial y carnicería humana. Mientras, un Estado achicado y fiscalmente exhausto, incapaz de mantener la calidad de programas sociales básicos como salud o educación ni la funcionalidad de sus propias estructuras policiacas y judiciales, moviliza a las Fuerzas Armadas bajo el patrocinio del omnipresente plan Merida.

El fracaso del proyecto neoliberal mexicano no es la consecuencia de un complot ni de un mal proyecto, sino de una multitud de causas históricas cuya discusión parece ociosa frente a la necesidad de reconstruir velozmente el apabullado pacto social, y crear uno más humano e incluyente. Por ello resulta inexplicable la pasividad del poder Legislativo que contempla al país en llamas y no hace lo necesario para detener el imperio de corrupción, mafias, monopolios y poderes factuales o el desastre educativo nacional o los alarmantes déficits fiscal y judicial (98% de impunidad), mucho menos la vergonzosa pobreza que amenaza con eternizarse en nuestro país y extenderse hacia el Norte.

Asistimos a la mexicanización de Norteamérica, diría quizá Ulrich Beck, que desde 1999 pronosticaba en su “Nuevo mundo feliz” la devastación de los mercados laborales de Occidente y la globalización de la desigualdad social. Este proceso, según explica el notable sociólogo alemán, es consecuencia natural del triunfo de la automatización y las telecomunicaciones en favor de la productividad. Irónicamente, ese capitalismo multinacional altamente tecnificado, el mismo que se encargaría de exportar el pleno empleo a los países en desarrollo, de pronto se encuentra reimportando el subdesarrollo -desde el tercer Mundo- a sus naciones de origen en la forma de migración ilegal masiva y precariedad laboral. Así se explican las persistentes tasas de desempleo que se observan hoy en México, los Estados Unidos y tantos otros países, no como consecuencia de las crisis económicas coyunturales, sino de ese proceso de automatización que desde los años 70 viene revolucionando los sistemas de generación de la riqueza. Según parece, el nuevo capitalismo informacional está logrando prescindir efectivamente de grandes plantillas laborales por todo el mundo e incrementando al mismo tiempo la productividad; un riesgo laboral materializado no por causa del supuesto fracaso del capitalismo, sino debido a su triunfo avasallaste.

Analizar la pobreza en Mexico fuera del contexto multinacional es como estudiar un planeta sin saber nada de la estrella entorno a la que gira. En la relación bilateral persisten inmensas distorsiones jurídicas que son causa, a su vez, de gigantescas distorsiones económicas y sociales. Las prohibiciones impuestas por los Estados Unidos contra el cruce fronterizo de la mano de obra mexicana y contra las drogas operan en concomitancia eternizando, la primera, un abismo social internacional que se manifiesta en incesante migración laboral y, la segunda, la militarización indefinida de esta periferia estratégica que no termina de comprender su papel en el nuevo esquema de distribución internacional del trabajo.

El complejo y prolongado declive de los Estados Unidos como hegemonía mundial, junto con su ingenuo proteccionismo cultural y laboral (que desde el inicio del TLC soñó con fronteras abiertas a bienes y capitales, pero convenientemente cerradas a la mano de obra mexicana), hoy se topa con la realidad insoslayable de una frontera porosa, corruptible e imposible de sellar. Internamente, Washington contempla tazas de desempleo abrumadoras provocadas por el reciente ciclo inflación-recesión y su saldo asombro: 46 millones de norteamericanos viviendo por debajo de la línea de pobreza, la cifra más alta en 52 años. En  México, por ejemplo, hay 52 millones de pobres (coneval.com).

Burbuja financiera, burbuja punto-com, burbuja inmobiliaria, burbuja de las nuevas tecnologías de la imagen en movimiento. Una tras otra revientan y reconcentran capitales, arrojan enormes saldos de pobreza en ambos lados de la frontera y debilitan los Estados. Pero las burbujas que aun se aprestan a estallar prometen estruendos aun mayores: burbuja fiscal, burbuja de recursos naturales (energía, alimento, agua).

La falacia neoliberal del Estado mínimo y mercados internacionales “libres” pero convenientemente cerrados a la competencia laboral mexicana, se desmorona; la realidad irrumpe con nefastas manifestaciones: pobreza, informalidad laboral, mercados negros de todo, desde drogas y armas, hasta personas y sus órganos. En lo social, poco a poco se legitima un apartheid de facto: adentro, clases medias y altas urbanas enfrascadas en feroz competencia económica; al otro lado de la raya comunidades rurales desplazadas, familias atrapadas en guetos de miseria, madres solteras, niños y ancianos de la calle, miles y miles de migrantes atiborrando los vagones del tren y las fosas clandestinas. Millones de personas sin oportunidad alguna en los vertiginosos procesos de la nueva economía informacional y, por ello situados en un total afuera social. De un modelo de “desarrollo” así es razonable esperar grandes cuotas de violencia.

La alternativa a la militarización indefinida y los otros escenarios indeseables permanece tan simple como inalcanzable: drásticas reformas fiscal, judicial, educativa y, sobre todo, el establecimiento de un Estado de Bienestar Sustentable que amortigüe el daño socioambiental causado por el desarrollismo tradicional, e impulse inversiones masivas en energías renovables, tecnología  y servicios culturales de alto valor agregado, como el turismo ecológico y la educación; la renovación del keynesianismo sustentable es posiblemente la única forma de asegurar la generación de suficientes empleos social y ambientalmente responsables, como principal medida para retener a las poblaciones migrantes en sus lugares de origen.

La nueva tendencia mundial hacia la indignación social llegará tarde o temprano a México y, junto con las elecciones del 2012, encontrará espacios civiles militarizados -acaso preventivamente- en apuntalamiento de un modelo de desarrollo que se resiste a morir. La relación causa-efecto que la pobreza tiene sobre la violencia social es tan real como el Sol, pero hemos decidido ignorarla demasiado tiempo.

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