Caminar distinto

 

 

Indira Kempis

I. No es lo mismo crear que combatir

Hasta hace algunos años, las estrategias sobre la seguridad, recaían exclusivamente en la administración pública, el tema se abordaba desde los análisis de la incidencia e impacto delictivo y en la defensa del Estado. No obstante, ante la violencia exacerbada coincidente con la incursión de la participación ciudadana en aspectos estructurales para los cambios de sus entornos sociales inmediatos, la perspectiva de la seguridad se transformó.

En la definición de la seguridad ciudadana, incipiente todavía, pero pensada desde diversas observaciones sociológicas sobre el papel del ser humano en la convivencia social pacífica, retoma la importancia que tienen los derechos de las personas y enfatiza la inclusión de la ciudadanía al combate de la fenomenología que se forma una vez instalado el problema, pero sobre todo antes de que se presente.

Para una sociedad que se encuentra en una amenaza constante de muerte, es difícil definir un sentido profundo de lo que significa la prevención de la violencia, que es la antesala del delito y el delito mismo que es la consumación de la violencia. Tan sólo en México, solamente el 10 por ciento del presupuesto público federal se destina a este rubro.

La miopía ante la importancia de la prevención es tan crónica que afecta a los intereses de una sociedad, porque se comienza a creer que la generalización de la muerte es la única solución para combatirlo. Cuántas veces no ha escuchado opiniones como “se lo merecían”, “de una vez que acaben con todos”, “algo habrán hecho”, “no quedaba de otra”. Esa espiral del silencio que se repite de manera constante y a pasos agigantados nos deja, prácticamente, sin argumentaciones ni expectativas para el largo plazo. Por lo tanto, esto en lugar de contribuir en la visión de ciudad segura que podemos compartir, mina nuestra capacidad de ser creativos para generar ideas que vayan más allá de las armas. Algunos incluso, ven en el concepto de seguridad ciudadana cierto grado de ingenuidad porque lo que se requiere es urgente.

Y como de costumbre, el instinto de sobrevivencia nos confunde, entonces dejamos a un lado lo que es importante. Lo importante hoy es crear seguridad que es diferente a combatir la inseguridad. En la realidad esta semántica que parece obvia también difiere.

II. Hablemos de derechos

Las tensiones, los conflictos, las discusiones son inacabables, generan adrenalina de vida al ser humano sapiente que el paraíso no puede ser más que un estado de la mente. Sin embargo, eso tampoco significa que no existan posibilidades disminuir las conductas violentas, ¿cómo? Hablemos de derechos.

Es la violación a los derechos básicos de una población lo que ha presentado una ruptura del tejido social, es decir, entre los individuos, pero no sólo eso también ha roto la confianza de éste en sus instituciones familiares, gubernamentales, privadas, etc. Esta fractura que ante el panorama que vivimos pareciera abrir todas las que están implicadas y que además se muestran como “heridas” sociales que inclusive afectan las emociones, las percepciones y los sentimientos, son las que están generando esa tendencia in crescendo que implican los espacios y las conductas delictivas.

El respeto de los  derechos de las personas a una educación eficiente, oportunidades de empleo, programas de salud pública, es fundamental. Porque no es la violencia o los delitos, es esa ruptura cuando no se pueden encontrar alternativas para una calidad de vida que nos diga que somos seres humanos dignos de vivir y convivir con nuestro entorno, ¿o es que hay dignidad humana cuando apenas si se tiene para la comida del día?, ¿cuándo los egresados de la universidad tienen que trabajar de algo que nunca les gustó y que además, en la mayoría de los casos, echa por la borda sus estudios?, ¿dónde están los derechos a la salud pública cuando no se atienden los casos de dependencias a las drogas? El respeto a esos derechos es algo que el Estado debe garantizar en una situación ideal que, lamentablemente, en México se le ha restado importancia sólo diagnosticándolos, pero no asegurando la creación de estrategias, la implementación o seguimiento de su cumplimiento.

Sin embargo, en este recién concepto de seguridad, también se considera el respeto de los derechos por parte de los individuos para crear una comunidad segura. Es decir, el cumplimiento y la vigilancia de éste, a manera individual y colectiva. Por tanto, no es suficiente con reafirmar desde la ciudadanía esa ruptura evidente que ha violado sus derechos por tantos años. Tampoco con conocer la situación desde fondo o con informarse de lo que está pasando. Requiere puntos de reflexión que contribuyan a la tranquilidad, el orden y la paz, en la medida de las posibilidades.

Eso significa que la ciudadanía esté dispuesta a hacer su propia agenda de derechos e incidir en la en todos los ámbitos en donde desde una visión integral se pueda construir lo quiere de sí misma. Defender los derechos hoy más que en otro tiempo debería estar relacionado con la capacidad del ciudadano de manifestarse, protestar, quejarse, que además pareciera obvio que todos lo hacemos, pero no cualquiera se atreve a usar sus espacios para la libertad de expresión.

Asimismo, esta intervención ciudadana radica en su capacidad de gestión para poder incidir en los procesos de elaboración e implementación de las políticas públicas. Ejercer su derecho a la rendición cuentas de funcionarios y políticos. Entender que su papel requiere de acciones sociales, no vistas como antes que se apreciaban desde la óptica de la solidaridad, los sentimientos de culpa o de compasión. Para la participación en la seguridad es vital una conciencia plena de que no basta con denunciar, sino combatir las causas, nótese, las causas, del problema. Entonces así, responsabilizarse del cumplimiento de las obligaciones del Estado, las de la colectividad, pero sobre todo, ahí donde cualquiera de nosotros tenemos una real injerencia, las individuales.

  1. III. Conciencia social para un ambiente seguro

Podríamos hacer un tratado de definiciones de conciencia, que según la Real Academia de la Lengua Española, la palabra se deriva de “Conscientĭa” que significa, literalmente, “con conocimiento” (del latín cum scientĭa).

La conciencia, en un sentido de reflexión individual y colectiva, debería permear nuestro sentido de sobrevivencia para encontrar la causa de la causa y no establecernos en el discurso político de la emergencia, allá donde corren todos no hay camino en el largo plazo, es más, ni siquiera en el inmediato. Los costos sociales son cada vez más altos para las generaciones que actualmente son excluidas de cualquier oportunidad de una vida digna, humana, con derechos. Lo urgente está desviando casi todos los esfuerzos hacia un futuro de unos cuantos como en una realidad darwiniana de cara ni siquiera a la adaptación, sino a la mera sobreviviencia.

La conciencia tiene que estar en la reflexión, en el debate, en la gestación de las ideas, en su gestión y desarrollo. La conciencia no sólo debe centrarse en la negación de los sistemas de por sí contaminados con los intereses, sino en aquello que nos permita el diálogo continuo con las necesidades de nuestra localidad. Por eso es tan importante que alrededor del concepto de seguridad ciudadana, a la par se desarrollen otros como la democracia participativa, el urbanismo social, la rendición de cuentas y los derechos humanos.

En un sentido más amplio, la conciencia no sólo tiene que centrarnos en el individuo, no es mirarnos al espejo y decir: “allá mi conciencia y yo”. Ante un problema como la inseguridad, menos es una tarea solitaria. Esa conciencia de que el otro y los otros existen, nos debe incrementar nuestro sentido de pertenencia a la sociedad, agudizar nuestros derechos a intervenir para cambiar. La conciencia social no como una deuda moral con el mundo, sino como una asunción de responsabilidad. Exige una tensión que dirige a la acción. Estar dispuestos a ganar y perder conciencia social para cambiar como un trabajo de todos los días.

Sociedades que son seguras en países de primer mundo siguen una premisa que no se nos debe olvidar: si hay humanismo, sustentabilidad y respeto a los derechos básicos desde el Estado y entre los ciudadanos, hay seguridad. No es fórmula mágica, pero si un punto de partida claro para entender que el concepto de seguridad debe ampliarse para entender que atraviesa al Estado para que éste garantice los derechos y la implementación desde la administración pública de políticas que prevengan situaciones que se proyectan evidentes como amenazas de violencia y conductas delictivas. Pero que también exista el estímulo individual y colectivo para construir prácticas sociales que reafirmen nuestros derechos básicos como una obligación de conciencia para la reflexión.

Los ejes elementales que aceleran la seguridad ciudadana, tiene que ver directamente con la participación en el ejercicio de las obligaciones, por eso este nuevo enfoque como alternativa debería permearse para crear agenda social que permita no el combate de la inseguridad, sino la creación de un entorno seguro, es un reto a largo plazo que no tendría que ser obstruido desde el Estado y la ciudadanía por los sentimientos de impotencia. Ampliar nuestro lenguaje de la seguridad, es un primer paso para encontrar alternativas de solución, esas por las que hoy se justifica como políticamente correcto, asesinar y ser asesinado. Si se quiere algún cambio de dirección, lo único que se tiene que hacer mediante esta reflexión diaria, es aprender a caminar distinto.

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