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Algo se pudre en Dinamarca

Gabriel Contreras

Dinero rápido, muerte lenta

Cuando amanecía el Siglo XXI, muchos fuimos los que nos tomamos el tiempo para dar el grito de alarma. Nos sonaba a materia de escándalo, por ejemplo, el alegato de Viviane Forrester en relación con el neoliberalismo tal y como lo expresaba en su libro Una extraña dictadura.

Antes, la misma periodista francesa había asentado un tremendo golpe editorial a través de El horror económico, poniendo sobre la mesa un paisaje terrible, monstruoso y al mismo tiempo, al parecer, imparable.

En sus dos libros, ambos carentes de lo que suelen llamarse datos duros, o sea faltos de barras, quesos, comparativos y en general datos estadísticos, Forrester, aunque heterodoxa, ejerce una observación panorámica del funcionamiento de la economía global tal y como se apunta al arranque del Siglo XXI.

Forrester, en efecto, no cumple con los protocolos científicos de la economía contemporánea, pero eso tampoco le importa demasiado cuando vendió 350 mil ejemplares de El horror económico sólo en Francia.

Puntual y ajena a los análisis de tinte académico, Forrester estableció el dibujo de una globalidad depredadora, empeñada en conquistar nuevas y suntuosas ganancias sobre la base de los despidos masivos, la aplicación de las nuevas tecnologías a destajo, y el desplazamiento de su poderío desde el ámbito industrial hacia los terrenos de la bolsa, la banca digitalizada y el manejo de nuevos esquemas especulativos.

Sin embargo, algo asomaba detrás y debajo de los alegatos de Forrester, un signo que compete no solamente a los terrenos de la economía global, su boom y sus crisis, sino que nos hace mirar hacia nuestra historia económica particular en términos panorámicos. Esto es el factor desigualdad.

Así, en una pregunta elemental y breve, queremos asomarnos aquí, apenas de manera un tanto tosca y elemental, al factor desigualdad social tal y como se vive hoy en México.

El irresistible ascenso de Carlos Slim

El ingrediente actualidad nos es dado, desde hace ya buen tiempo, por las páginas de los periódicos y las revistas. La vida está en la caratula. Ahí, como material en bruto, se nos entrega un retrato del momento.

Así, podemos ver a un Carlos Slim sonriente durante la inauguración del Museo Suomaya, un espacio museístico en el que despliega y seguirá desplegando parte de su riqueza personal en materia de objetos artísticos. Hombre rico igual a… buen gusto.

Sin grandes aspavientos, nos ofrece Slim, en su museo, la promesa de que la desigualdad económica está garantizada. Por un lado, es él mismo quien tiene la riqueza y por tanto la exhibe, y por el otro, somos nosotros los que acudimos a verla, para admirarla, comentarla y, tal vez envidiarla. Es decir, el Museo Sumaya es no solamente un museo de arte. Es también un templo, un homenaje supremo a la desigualdad.

Pero lo importante en realidad no es tanto que Slim exhiba o no su riqueza de dimensiones mundiales, sino el hecho de que ésta se ha incrementado de manera sustancial en los últimos días, colocándolo dos veces ya en el top ten del dinero según los datos de la revista Forbes.

La fortuna calculable de Carlos Slim pasó de 20.5 mil millones de dólares a 74 mil millones en forma vertiginosa, a través de movimientos atribuibles no solamente a sus negocios de comunicación, inmuebles y de minería, sino especialmente en relación con el manejo de capital en la Bolsa, que es ahora, en los últimos años, la forma más veloz de generar ganancias independientemente de la base industrial que soporte esos ingresos.

Para averiguar un poco más al respecto, acudimos a José Martínez Mendoza, biógrafo de Carlos Slim.

En entrevista directa, el célebre periodista nos explica que Slim cuenta con un gran olfato para detectar empresas en proceso de decadencia, empresas a las cuales inyecta inversión, resucita y convierte, como una especie de Midas, en maquinarias funcionales y competentes.

Martínez Mendoza no aborda en momento en su biografía publicada por Océano, ni en esta entrevista, la coyuntura que permite a Slim dotarse de una fortuna personal tan aplastante, al tiempo en que recorre un país plagado por una población de simples plebeyos, que se abisma, o se ha despeñado de plano, en una miseria socialmente compartida.

Pero tampoco es muy importante si Martínez nos da explicaciones o no, sino el hecho mismo de que la fortuna de Slim haya sido catapultada por esos factores sobre los que Forrester insistía en sus visiones económicas del nuevo siglo.

 

Tortilla con chile

En el 2004, podíamos leer en las páginas del diario español El Pais, una descripción  turística y colorida del encuentro de una periodista con los escenarios de la Sierra Tarahumara.

En ese momento, la reportera apuntaba la frase: “Que padre es la Sierra Madre”, para adentrarnos poco a poco en un recorrido en tren, el famoso Chepe, plagado de indómitos paisajes, montañas plagadas de belleza, y un derroche de luz y color.

La reportera nos habla de la afición a correr que tienen los tarahumaras, redacta como sonriendo, y no se detiene al elogiar lo mismo esas cascadas, esos raros deportes.

Al final de la nota, como mera cola del texto, la reportera nos dice… unas niñas, cerca de los rieles, están por ahí… vendiendo sus artesanías. Solo le faltó apuntar… Que lindas.

Años más tarde, los medios mexicanos se unieron al describir la vida en la Sierra Tarahumara como un verdadero tormento. En medios como La crónica de hoy, La Jornada, El Economista, y los noticieros de Imagen y Televisa todos al mismo tiempo, se trazaba un perfil brutal de la vida social en la Sierra Tarahumara.

La vida cotidiana de los raramuris consiste en una economía del hambre en la que los pollos y los marranos viven en casa, pero como mascotas, no ya como alimento, en tanto que el sustento diario consiste básicamente en tortilla con chile porque, según lo explican los habitantes en videos ampliamente documentados por Televisa, no hay frijol para sembrar, ni maíz, ni nada… Todo ha sido consumido por la sequia o por las heladas.

El padre José Ávila, entrevistado por el equipo de Denisse Merker, atribuye la mayor parte de las muertes recientes en la Sierra Tarahumara a la pobreza alimentaria. Las habitantes de esos pueblos rematan diciendo que… no tenemos que comer, el marido se va a las pizcas de manzana a Cuauhtémoc, por eso vivimos de pedir fiado.

Mientras tanto, en los mismos documentos en video, se da a conocer que, en los días de ascenso de la campaña panista a la Presidencia de la Republica, la población tarahumara recibió numerosas promesas en relación con el programa Oportunidades, dirigido por la Secretaria de Desarrollo Social, y llegado el momento se les otorgó un apoyo consistente en 500 pesos mensuales por familia, apoyo que les fue retirado repentinamente, para no regresar.

Mátenme porque me muero

Pero nada es suficiente. La tragedia en la zona Tarahumara parece no tener límites. El pasado 15 de enero se reporto la incidencia de numerosos suicidios a causa del hambre en la Sierra de los raramuris. Los factores a los que se atribuye este hecho son la sumatoria de la sequia, el frio, la presencia del delito organizado, y la falta de ayuda social, es decir la falta de apoyo gubernamental.

Según declara Ramón Gardea a Excélsior, hombres y mujeres se tiraban de los barrancos con miras a morir lo mas pronto posible, dato que vendría a ser subrayado por Jesús Quiñones, secretario del ayuntamiento de Carichi.

Cosa de siglos

La desigualdad social en nuestro país no es cosa de este momento, sino cosa de siglos, así nos lo deja ver Carlos Tello en su monumental estudio Sobre la desigualdad en México, publicado por la UNAM.

En su revisión del problema de la desigualdad en materia de ingresos distribución de la riqueza y registro de oportunidades, Carlos Tello nos muestra que la desigualdad esta presente en territorio mexicano desde antes de la Conquista, y que en lugar de desterrarse este factor económico y social lo único que ha hecho es cambiar de rostro.

Para Tello, la desigualdad estaba ahí antes de la llegada de Hernán Cortés, materializada en la existencia de nobles y plebeyos, cuyo puntual pago de tributo se complementaba con el ejercicio rotundo de un poderío de carácter imperial, que impedía soñar con un cambio de estatus o de papel en la sociedad.

A la llegada de las fuerzas españolas, la desigualdad se impuso plenamente en la Nueva España, generando una especie de nuevo poderío, en el que los blancos y españoles llevaban la mejor parte, dejando para la indiada el trabajo pesado y las peores ganancias.

Los años que conducen al proceso de Independencia son de una aguda crisis económica que da lugar posteriormente a un aparente repunte, la perdida de gran parte del territorio y la conformación del gobierno de Porfirio Díaz, fuertemente racista y empeñado en la modernización a como diera lugar.

La Revolución Mexicana ocupa un lugar importante dentro de la historia de la desigualdad en México, ya que, en la idea de establecer un gobierno comandado por campesinos, llega a estructurar las clases sociales en el país de una manera inusitada y distinta, generando un nuevo rostro de la desigualdad, ya que tras el llamado triunfo de la Revolución se establece un nuevo mapa de las clases sociales en el que aparece la clase alta urbana, la clase media, la clase baja rural, y otros estratos antes impensables en nuestra sociedad.

Entre 1940 y 1982, la economía mexicana, según Tello, vive una nueva oportunidad de fortalecimiento y expansión, lo cual se traduce en un perfil de armonía política, que se enmarca a su vez en una nueva página en materia de bienestar social y equilibrio de la vida cotidiana.

Entre 1982 y el nuevo siglo, México vive una nueva etapa a la que muchos llaman transición, oportunidad que puede ser observada como una puerta venturosa, pero que registra un derrumbe de programas de desarrollo social a la vez que la caída de una visión institucional atenta a los pobres en general y los que viven en situación de extrema pobreza.

De esta manera, más allá del excelente retrato que nos ofrece Carlos Tello, hoy precisamente en tiempos de relevo electoral, vemos un México ferozmente dividido, en el que conviven una decena de hombres avasallados por la riqueza personal, y muchos otros pobladores que van a tirarse al barranco –metáfora o no- a causa del hambre.

 

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