raramuriniño

#otranarrativa: La organización social para combatir la desigualdad (En 4 escenas y un… ¿Final?)

Indira Kempis

Escena 1

Es sábado por la madrugada. El silencio cabe en los bolsillos rotos porque la noche no alcanza para las letras. Algo interrumpe mi insomnio. Son tweets que transitan por este espacio público virtual, ¿estoy leyendo bien? El título lo dice y mis pupilas saltan sobre cada letra del texto: suicidios ráramuris por hambruna. Un trago al té para comenzar a buscar en Internet.

Sin información que pueda confirmarse a esas horas, quisiera dormir, pero no dejo de preguntarme cuál es el propósito del video, ¿qué necesidad tendría alguien de hacer tales afirmaciones? Regreso a Google para descubrir que hay notas que se expresan de la Tarahumara como uno de los mejores lugares turísticos de nuestro país para visitar, pero también que es el reflejo del abandono del Estado con indígenas que ni siquiera aparecen en las estadísticas.

Se interrumpen las ganas de cerrar los ojos. De inmediato, le escribo por mensaje directo a uno de mis mejores amigos que sé que se encuentra despierto porque está copiando y pegando la misma información que obtengo. Insisto que tenemos que organizarnos. Observo que se están gestando las voces en el Distrito Federal que desean llevar la batuta del acopio. Él me comenta que es mejor esperar no sólo para corroborar los datos, también la respuesta de la Cruz Roja Mexicana.

¿Has sentido un impulso que hace que nada de lo que se te ponga enfrente te detenga? Esa penumbra me hacía pensar que independientemente que hubiera suicidios colectivos o no, la ola de calor pronosticada para los próximos meses incrementará la sequía y pondrá en grave riesgo a cualquier persona, más en las condiciones de pobreza como en las que se encuentran los indígenas rarámuris.

¿Has estado alguna vez en la Sierra Tarahumara? Nunca. Comencé una búsqueda de fotos. Mi admiración incrementaba conforme hacía clic en un paisaje tras el otro. Deseos de volar para conocer los colores de su vestimenta fundidos con el desierto chihuahuense. Empatía al revisar las notas de periódico que no eran de ese día, sino de años anteriores con la misma radiografía: indígenas sin oportunidades.

No lo pensé más. A las 3 de la mañana de ese domingo comencé a generar información que de por sí se estaba compartiendo en la red respecto al tema. La convocatoria al acopio se hizo por la mañana. Esta vez no acudí a ninguno de los grupos en los que participo porque imaginé que la tarea sería sencilla y que la publicada en redes sociales sería suficiente para atraer a la gente que gustara hacer algo con su generosidad.

¿Habías participado en un acopio antes? Juntando cosas, en algún momento, pero no involucrada en la logística o en un equipo de administración. Era mi primera vez. Sabía que llegaría gente, la que ha comenzado a apropiarse de la Explanada de los Héroes como una plaza ciudadana. Acudirían a la convocatoria, juntaríamos unos cuantos kilos de arroz que pondríamos en cajas de cartón directo a alguna empresa de envíos. Ese era el imaginario compartido. La mañana no dejaba tiempo para pensar algo menos. Después de horas en que la eternidad se materializó a la espera de una nueva credencial del Instituto Federal Electoral. María y yo, corrimos, sin haber comido justo a las 3:30 de la tarde.

Escena 2

Las condiciones macroeconómicas de los últimos años han dado por sentado por nuestra desigualdad y escasas oportunidades de crecimiento. Uno de los dilemas más recientes, tiene que ver con las estrategias para combatir la pobreza desde el respeto a sus entornos y la preservación del medio ambiente. El debate poco se ha abordado desde ahí: tener programas gubernamentales y proyectos productivos financiados por alianzas público-privadas que permitan la creación de modelos en donde nos enfoquemos en el desarrollo humano sustentable de los habitantes y no únicamente en el nivel de sus ingresos (siendo ésta una variable más a la fórmula)…

Pienso en todo esto mientras caminamos hacia la Explanada. El grupo de @indignadosNL e integrantes del @contingentemty ya están ahí con los primeros kilos de arroz. Organizarnos parece sencillo, basta con mover algunas de las cartulinas, colocar en la estatua nuestras mochilas, acomodar lo que han traído (me percato que no sólo no hemos comido, sino que tampoco compramos nuestras bolsas de víveres).

Un señor se acerca enojado sin soltar los cobertores a los que todavía no les quita la etiqueta. Son nuevos, el radio suena. Quien lo acompaña no quiere soltar las más de 4 bolsas de plástico. Mis compañeros nerviosos me dicen que está preguntando por si hay una institución detrás de nosotros. Tengo que decirle con franqueza. Estamos gestionando con la Cruz Roja Mexicana. No se conforma. Es la primera ocasión que siento la tensión en el cuello porque no tengo nada más que decir.  Ahí me doy cuenta que no hay instituciones alrededor nuestro. Sólo nosotros, así que tengo que aceptar determinante, viéndole a los ojos, sin afán de ofenderlo: “si usted me tiene confianza, déjeme las cosas, si no, por favor no lo haga”. Apareció en mi mente lo que acuñé como uno de los mayores aprendizajes del acopio: Tejer redes de confianza.

Porque en el valor de la confianza está el compromiso mutuo de que ambas partes somos responsables. Mayor la confianza, mayor la responsabilidad. Mayor la responsabilidad, mejores los resultados colectivos. En el poder del lenguaje están las claves de nuestra vida pública. En éste incorporamos lo que queremos hacer materia: Redes, confianza, objetivos, resultados, voluntarios, solidaridad, ciudad, empatía. Una lista de palabras que se aprenden y se aprehenden sobre la marcha sin conocer con profundidad lo que después se desató: información sobre la falta de atención de los gobiernos en todos los niveles a estos grupos vulnerables. Nada nuevo, pero oportuno para colocar los argumentos en su justa dimensión.

 

Escena 3

Faltan manos. Todavía no tenemos una hora cuando gente se acerca a depositar lo que ha podido comprar en el camino o sacar de la alacena. Una señora dice que llegó porque su hija que está en Alemania leyó la convocatoria en twitter. Familias completas preguntando si está bien lo que han recolectado. Los jóvenes que militan en los partidos que conocemos ayudándose junto a los que no tienen partido (y es más: dejarán la boleta electoral con votos nulos). Hombres y mujeres de todas las edades acomodando lo que ha dejado de ser minutos atrás 5 bolsas de arroz.

Camino a la heladería donde María me espera porque, aunque suene a rima, tampoco hemos comido. Me detengo en el carro de hot dogs. El señor me parece simpático desde que lo conozco, su conversación gira alrededor de sus pequeñas ventas. Trabajó muchos años en Estados Unidos en un centro comunitario cocinando. Llegó aquí y “saca para la comida” vendiendo lo mismo: comida. Sin comercial publicitario, el señor se ha ganado fama de ser buen cocinero. Él, a pesar de su condición vulnerable, te recibe con una sonrisa.

Repaso las necesidades humanas según la pirámide de Maslow. De las primarias, básicas, fisiológicas: comer, ¡vaya significado que adquiere en tiempos de crisis ese verbo! Entonces, recuerdo las historias que cuenta mi madre sobre mi infancia: “a veces no teníamos ni para comer”, valoro cada bocado. Deglute, disfruta, acércate a los olores de las cebollas asadas que engullen mi nariz. Tampoco es la mejor comida, pero es lo que hay. Tampoco es la mejor comida, pero tienes. Tampoco el problema se va a arreglar, pero come.

Cuando salimos del lugar, supongo que eso que estoy viendo no cabrá en el carro de María. El acopio que crece con celeridad. La noche nos alcanza con las luminarias que deben ser encendidas por el personal del Palacio de Gobierno, entre pocas personas. A algunos se les ocurre que lo mejor es colocarnos junto a la calle Zaragoza. Lanzamos por Twitter una nueva modalidad en la entrega apelando a la falta de estacionamientos cercanos y gratuitos: algo que se parece al drive thru sólo que no se vende ni se compra: se comparten víveres. Necesitamos un “diablito”. No tardo en escribir un tweet. A los 15 minutos está ahí con una chica que no tiene reparo en decir que podemos tenerlo hasta que lo desocupemos. De nuevo: confianza.

Somos aproximadamente 20 personas las que nos quedamos al final en la Explanada. Ha sido una tarde exhaustiva y organizar la partida supone un reto. El carro de María ha quedado chico. Ricardo ofrece su camioneta. Conseguimos prestada por teléfono la estaquita de Gabriel. José está presto a subir cosas a su vehículo. Cordelia y Claudia se suman. La caravana comienza desde trasladar las cosas que todavía están al centro de la Explanada.

Una llamada a Omar de parte de Diana Martínez, respondiendo a la pregunta insistente de Jorge Castillo y mía de si no hay problema que CreeSer pueda tener momentáneamente el acopio en lo que conseguimos otro lugar, una vez que ella ha pensado que su lugar de trabajo puede ser la mejor opción. Estamos camino a CreeSer. Está en medio de un parque. Siento alivio de no haber llegado a una bodega fría y gris. Sino a ese hermoso parque que parecía refugio de nuestros sueños de niños. Apoyemos para que haya más mexicanos sin violencia, se lee en la entrada. La violencia de una administración pública ineficiente y su sociedad solapadora. También matamos sin armas.

… Somos 10, pero en la mano cadena no se siente. Cuando terminamos de acomodar, Ricardo, quien tiene experiencia en cálculos se atreve a decir que  hemos reunido 2 toneladas. No dejo de sorprenderme, pensé que mandaríamos sólo 2 cajas en avión.

 

Escena 4

Al día siguiente la ola informativa remite a diferentes medios de comunicación tanto locales como nacionales para hacer la nota. Ana Gabriela, a quien después identificaría como locutora de radio, me busca insistentemente para provocar la difusión en su espacio. Josué Becerra, conductor de noticias, hace un enlace al día siguiente. Entre todos los que están documentando, tanto periodistas como fotógrafos, no podemos dejar de maravillarnos con lo que está pasando. A la convocatoria se suma el Arquitecto Benavides y, entonces, el tono adquiere uno de emergencia, ¿alguna institución los respalda? En toda esa semana tuvimos desde las instalaciones de CreeSer que fueron nuestro hogar en el día y hasta por la noche. De Ervey Cuéllar y Alfonso Verde del Consejo Ciudadano de Seguridad Pública del Estado para agilizar los trámites de circulación vial, así como de la administración municipal para la seguridad nocturna. Además de estos apoyos específicos no hubo alguna intervención mayor. La Cruz Roja Mexicana, después de varios días, dio a conocer un número de cuenta.

En el transcurso de esa semana se dieron cita más de 300 voluntarios. Algunos contando experiencias de no haber participado en algo similar.  La voluntad de los habitantes de la ciudad se mostró en casos como el señor que llegó en ruta desde San Bernabé sólo para dejar su aportación, las jóvenes que fueron de casa en casa en su barrio para que la colecta fuera mayor o las personas que se preocuparon por nuestro bienestar físico al llevarnos comida para los voluntarios. La expresión de la solidaridad en microacciones que se vuelven valiosas o cobran sentido una vez que entendemos que la empatía no tiene un valor monetario, sino un valor público que permite ponernos en el lugar de aquellos que padecen los problemas estructurales de un país sin respuestas para los que no sólo son pobres, sino la misma gente los atrinchera como “jodidos”.

Nadie nos creería que convivimos con la autoridad policial como lo hicimos. Contemos de una noche en el parque platicando sobre sus duras experiencias nocturnas. Me acerco al elemento que nos han asignado para decirle que le agradezco que esté ahí. Su respuesta entre suspiros me hace pensar que en realidad ese policía es el que agradece que esté ahí. Mi amigo José Miguel, también lo entiende así y le dice: “esta noche estamos en tregua”. Una tregua para saber que sólo teníamos nuestros cuerpos para  cuidar de la seguridad propia y la de las cosas que estamos recolectando, entre todos.

 

La actitud de cada de uno de los que se sumaron a este llamado a la acción era de una expectativa segura sobre lo que estábamos haciendo. Sabíamos que teníamos un objetivo trazado, juntamos experiencias en lo que cada quien tiene habilidades e intentamos resolver conflictos o suplir necesidades sobre la marcha. Definimos que nuestro alcance era únicamente la respuesta colectiva ante una emergencia, decidimos que sería entregada a la Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos A.C. (http://www.cosyddhac.com/) presidida por Javier Ávila, a quienes les avala el trabajo de años en la Sierra Tarahumara. Nos pusimos el plazo de una semana, hasta el domingo, para hacer el banderazo de salida de los dos tráileres que, finalmente, se llenaron.

¿Qué crees que debamos hacer? Era la pregunta constante tanto de los medios de comunicación como en los espacios públicos virtuales. Hasta el momento, insisto que si no se realizan cambios estructurales que promuevan la generación de oportunidades (más allá de los empleos formales), estimulando inversiones en proyectos productivos creativos que respeten las costumbres y los entornos, entonces esto es como una aspirina al cáncer. Puede aliviar momentáneamente, pero seguirá consumiendo al cuerpo. Sin embargo, en una ciudad como Monterrey, hablar de un acopio espontáneo exitoso en una ciudad a la que la muerte la acecha, no es tarea fácil.

 

La esperanza y el regio: ¿Final?

Un buen amigo me dice que en la ciudad es fácil hacer un acopio porque para la gente de Monterrey es sencillo ir comprar, dejar la mercancía, limpiarse de toda “culpa” y seguir con la cotidianidad antes de involucrarse más allá del ticket de compra. Algo de razón debe tener su argumento que recibimos hasta una crema de afeitar de prestigiada marca o una videocasetera en desuso. Parece que hay personas que tampoco asumen su responsabilidad sobre una situación de emergencia de manera estratégica-consciente. Es evidente que va en contra de sus costumbres, pero no todos reflexionamos que donar o contribuir debe ser con lo mejor que se tiene y no con lo que nos sobra.

Sin embargo, la ciudad, que de acuerdo con la primera y única Encuesta de Cultura Ciudadana con la que contamos -elaborada por Corpovisionarios por Colombia y la Facultad de Economía de la Universidad Autónoma de Nuevo León- nos describe una situación desalentadora en materia de participación ciudadana en la ciudad. Aproximadamente, según este estudio, en proporción casi 1 de cada diez participa en la vida pública. Eso significa que estamos en una situación grave de evasión tanto de nuestros intereses comunes como de la corresponsabilidad en los problemas que le atañen de la misma manera a la ciudadanía.

En una situación de crisis de inseguridad como la que vivimos, bajo el miedo que nos hace construir pequeñas jaulas en cada uno de nosotros, en un ambiente donde no podemos confiar, este ejercicio de acopio iniciado de manera espontánea y enfocado en resultados concretos con la colaboración de la sociedad civil regiomontana fue una muestra-botón que todavía podemos  otorgar el beneficio de la duda a una ciudad que puede enseñar que sus signos vitales siguen alertas ante la tragedia humana.

Se originó, sin pretenderlo, una organización social de autogestión que apeló a las acciones de los demás y las propias, en la que se utilizaron, además, nuevas herramientas de comunicación que permitieron el enlace, pero ante todo la retroalimentación,  de principio a fin entre los ciudadanos participantes en el acopio. En las instalaciones de CreeSer se construyó una “ciudad” pequeña en donde los votos de confianza en estas redes de compromiso permanecieron ante el conflicto que representa la inexperiencia, la reacción ante lo inesperado y la falta de voluntad de las autoridades en su solución.

Algunos de los testimonios y la documentación se encuentran en el sitio: http://acopiomtytarahumara.blogspot.com/ (en el que voluntarios colaboraron también para la realización del blog). La esperanza y el regio, como llamamos a los tráileres apelando a lo que queremos como ciudad no sólo se fue con más de 40 toneladas, sino con historias de vida pública que en su conjunto terminaron en el desenlace que nos propusimos: llegar con la ayuda a las zonas afectas.

Debemos evaluar las acciones emprendidas como ciudadanos ante la ausencia de respuesta por parte de las autoridades correspondientes. Más allá: asumir un papel activo en la incidencia pública que exija rendición de cuentas sobre los programas gubernamentales de apoyo a los más vulnerables. No minimicemos nuestras capacidades en el combate a la desigualdad sólo porque no somos los tomadores de decisión. Estos pequeños ejemplos son “caballos de troya” que arden para mínimo hacer agenda pública. De hecho, en Nuevo León, a raíz de la cobertura en la agenda ciudadana y de medios de comunicación, se destapó la crisis de sequía que tenemos en nuestro estado.

No podemos irnos a la cama sabiendo que hay gente en nuestro país que ni siquiera puede cubrir una necesidad básica. Esa de saborear un buen plato de frijoles, la fruta favorita, nuestras tortillas. Porque más allá de probar alimentos, asumamos que esa brecha de la pobreza y la desigualdad no deberíamos dejarla crecer si realmente nos preocupa la seguridad, reconozcamos que son constantes en la fórmula. Si no atendemos estos problemas, padeceremos otros en el corto plazo. Pertenezcamos o no a grupos indígenas, aunque por supuesto éstos han sido afectados desde la historia, sin reconocerles si quiera el valor histórico y cultural que representa. Es en la adversidad, así como sucedió en el terremoto del 85 (parte aguas de la historia de la sociedad civil mexicana), cuando nos necesitamos y necesitamos #otranarrativa de país.

No hay final, favor de inventar uno que el trabajo va para largo.

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